Una comunista en El Pardo, una Balmain y una cantante muda


Comienza una nueva edición del BBK Live con unos mesiánicos Coldplay como plato fuerte.




El monte Kobetas tiene encanto. Está a las afueras de Bilbao pero al mismo tiempo está a 5 minutos del centro. El estar en plena naturaleza hace que sea un espacio muy agradable para todo tipo de actos. Los campistas duermen con el soniquete de los cencerros de algunas ovejas que pastan en la cercanía, a solo diez minutos te plantas en pleno centro de la ciudad para comprar viandas, una cervecera vasca de las de toda la vida te surte de buenos pollos y enormes y congeladas jarras de cerveza con gaseosa… El paraíso, vamos.

Uno puede pensar que si en ese punto tan idílico se organiza un festival de tres días de música aquello puede convertirse en el caos y el infierno más absoluto ¿verdad?. Pues no. Al llegar al punto de recogida de los autobuses (tanto de subida como de bajada al recinto) te puedes desesperar por ver que la cola es inmensa e interminable hasta que descubres, con gran alborozo, que el innumerable flujo de vehículos así como la ágil y competente actitud de los vigilantes de distribuir las colas convierte lo que se supone una larga espera en poco más de diez minutos. Todo muy llevadero que hace que la gente llegue a los conciertos fresca, con buen humor y buen rollo. ¿Existen vigilantes amables? Pues sí, y el BBK Live los tiene en nómina.

Vigilantes que tanto en las colas de autobuses, como en las filas de entrada e incluso en los fosos de los escenarios se limitan a hacer su trabajo con amabilidad y profesionalidad. Que si se te cae algo al foso de escenario te lo devuelven sin malas maneras, que si les reclamas un balón que anda perdido te lo tiran en medio del concierto y que si ven que te intentas subir a la barra de seguridad te hacen gestos desde lejos para que te bajes, pero todo con mucha calma y mucho buen rollismo. Parece que los matones y bordes no tienen cabida en este festival y eso es muy de agradecer.

Y así empezó la primera de las tres jornadas de la edición 2011 del BBK Live. Con un cielo amenazador de lluvia que de vez en cuando dejaba pasar el sol a que durante unos minutos atacara de lo lindo las lechosas pieles desnudas de los guiris allí concentrados. Este año se ha visto bastante nórdico ondeando banderas de su país que al anochecer en sus espaldas tenían escrita la palabra “quemadura de primer grado”. Pobres. Las primeras horas andaban bastante perdidos sin saber que hacer y se limitaban a gorronear sombreros de paja de un puesto de bebidas, gafas amarillas imitación de las Rayban de una marca de vuelos low cost y otras chucherías. Entre eso y ponerse a mecer al viento sus banderas durante el concierto de Russian Red (¿Y para qué? Me preguntarás querido lector. Pues eso mismo me preguntaba yo) El grueso de los 37.000 asistentes a quien en realidad habían ido a ver era a Coldplay presentando sus nuevas canciones en un único concierto en España, pero había otros grupos igual o más interesantes en las horas anteriores.

A media tarde y con el sol picando de lo lindo abrieron fuego Neon Trees. “Somos de Utah ¿sabéis donde está eso?” nos preguntaba el cantante como si todos fuésemos típicos estudiantes americanos que no saben ni situar su país en el mapa. El modelito tampoco es que ayudase mucho: zapatones de rocker, leggins negros, cazadora dorada y peinado mohicano caído que en la década de los 80 hubiera significado paliza inmediata nada más poner un pie en la calle, ahora son piezas básicas en cualquier colección de tienda tipo Primark o H&M.

Mucha pose para las cámaras, mucho bailoteo y diversión tanto arriba como abajo del escenario (que ya es bastante para los tiempos que corren y lo que se ve por ahí) y un par de hits sirvieron para calentar a las manadas de público que todavía estaba subiendo al recinto.

Poco después apareció en el escenario grande Russian Red. Escenario que a todas luces le venía grande y nunca mejor dicho. Por mucha banda de acompañamiento que lleve, su música intimista y su pose estática (de los tímidos bailecitos al lado del teclado mejor no hablamos) hace que se pierda en un escenario que se la tragaba por momentos. En vez de telón con su nombre, Lourdes lleva un gigantesco luminoso de neón con su nombre al estilo de los bares de carretera de motoristas americanos que se balanceó colgado de unos cables de luz que nunca llegaron a suministrar potencia al cartel que se mantuvo apagado por la hora que era.

La Rusa Roja lleva a sus chicos uniformados de traje como si fueran la orquesta del fin del mundo y ella lucía un vestidito que parecía sacado del guardarropa de Marisol cuando la llevaban de visita al Pardo a cantar delante del Generalísimo y su señora. Todo muy conservador, muy de niña bien en su fiesta de puesta de largo y muy de derechas, como dicen que es ella. Al comienzo de su actuación una pija le gritó “facha”, lo cual fue recriminado por su acompañante con un “no digas eso, que son rumores infundados”. Así se escribe la historia.

Y nada, Lourdes cantó sus cancioncitas. La gente las bailaba y se emocionaba (igual si conocieran un poco de historia de la música y descubrieran a las grandes vocalistas de los 50 verían de donde coge influencias la rusa y ya no les molaría tanto la copia de todo a cien que es Russian Red) y con su vocecita de pájaro asustado presentaba temas, decía lo emocionada que estaba por tocar en un sitio tan grande y pronunciaba su nombre con acento americano (rousshian ried) ante el jolgorio y las carcajadas de los guiris que veían su actuación como una excentricidad typical spanish.

Alguna camiseta de Oasis se posicionó en primera fila cuando Liam Gallagher y sus chicos subieron al escenario a presentar su nuevo proyecto Beady Eye. Con su eterna pose de aburrimiento, las manos en la espalda, bastante avejentado y escupiendo al suelo, Liam llevaba una parka de esas que vende por internet de su marca a precios prohibitivos teniendo en cuenta que tanto desert boots como parkas originales se encuentran en cualquier tienda mod a mitad de precio. Hizo su show. No estuvo comunicativo y fueron muchos los que aprovecharon para hacer cola en los puestos de comida y cenar ante los acontecimientos que estaban por llegar. Comentarios sobre lo larga que era una canción, que si esta no la ha tocado hace diez minutos o esta se parece a una de Oasis, fue lo que más se oía en los puestos de comida rápida.

Y llegó el momento más esperado. Mucha gente piensa que el plato fuerte era Coldplay, pero no. Cuarentones con todo tipo de camisetas con la cara de uno de los mitos más importantes de la música de finales de los 70 y primeros 80 y de la cultura pop, Debbie Harry, esperaban en el escenario pequeño a que Blondie hiciera su aparición.

Puedes pensar que Blondie están acabados, que su nuevo disco es muy flojo y les ha costado mucho sacarlo, que su último gran éxito data del siglo pasado (María, 1999) y que ella es una señora muy mayor, pero sin necesidad de proyecciones, luces especiales o letreros de neón, incluso apartados al escenario pequeño, a Debbie le bastaron diez segundos encima del escenario para meterse a todo el público en el bolsillo y convertir su concierto en una fiesta sin fin.

La Harry ya está por encima del bien y del mal hace mucho tiempo. Solo ella se puede permitir aparecer en un escenario con una camiseta naranja comprada en un hipermercado, un pantalón de chándal color butano híbrido de uniforme de Monje Saolín y maruja de Benidorm que sale a andar por las tardes y unas chanclas de piscina de plataforma. Da igual. Su pelo, su presencia y su voz es algo tan hipnótico que desde el minuto cero te arrastra, te atrapa y te hipnotiza.

No sé si nos lo pasamos mejor los que estábamos abajo o ella arriba. Se reía, daba las gracias, bailaba y cuando no, se colocaba en un lateral del escenario a esperar el solo de turno. Daba igual, incluso hierática en una esquina a contraluz llenaba el escenario con su presencia y magnetismo.

Uno a uno todos los hits fueron cayendo con un sonido cristalino y perfecto. “Atomic”, “Hangin’ on the telephone”, “Heart of glass”, “One way or another”, “Rapture”… Del nuevo disco solo tres (y de sobra): el single “Mother” y la horrorosa latinada “Wipe off my sweat". Y una sorpresa, una increíble versión de “Fight for your right to party” de los Beastie Boys. ¿Cómo te quedas? Pues igual que nosotros cuando empezó a cantarla. ¡Muertos!

Y fue eso precisamente lo que tuvimos que hacer. Bajo una lluvia que comenzaba a mojarnos, luchar por nuestro derecho a divertirnos cuando al inicio de “Mother” empujones, golpes y una pequeña avalancha intentó desplazarnos a los que llevábamos más de media hora en primera fila contra las vallas. Mario Vaquerizo y sus amigos hacían su aparición creyéndose los reyes del mambo y pensando que tenían derecho a llegar tarde y colocarse en primera fila a base de empujones, codazos y muy mala educación por llevar pulserita vip.

Así que tuvimos que ponernos serios, bloquear la primera fila y con algún que otro empujón responder a la nula educación del representante de artistas y sus acólitos que no paraban de reírle las gracias y jalearle y la verdad, cantar a gritos las canciones cuando no sabes inglés y te inventas las letras es muy molesto si no te deja oír al grupo. Menear la cabeza de un lado a otro meciendo tu melena sudada y mojada metiendo el pelo en la cara de los demás no es agradable y da bastante asco y andar preguntando cada dos por tres ¿qué ha dicho? Cuando Debbie Harry suelta una parrafada, pues agota la paciencia de cualquiera que ve su sitio invadido de malas maneras.

Para protegerse de la lluvia, en un momento del concierto llegó a quitarse su cazadora para ponérsela sobre la cabeza mientras su pandillita le gritaban “¡cuidado con la Balmain!”. De no dar crédito. Aunque el punto surrealista llegó cuando tras pasarse todo el concierto gritándoles a Blondie “D-Day”, uno de los temas de su nuevo disco “Panic of girls”, uno de sus acompañantes (que se supone eran súper fans y por eso querían estar en primera fila aún a costa de llevarse por delante a todo el mundo. Vamos, que antes de existir ellos a Blondie en España no la conocía nadie ni se había vendido un solo disco de ella, manda huevos la cosa) le dijo “que no te va a entender, que su nombre se pronuncia Debi y no Debbai.

A pesar de todo, nada, ni nadie, consiguió agriar el concierto de Blondie que supieron hacerse los dueños de la noche en uno de los shows más potentes, ágiles y bailables del día a base de una descarga de éxitos que para eso los tienen y en abundancia.

Coldplay, en cambio, ejercieron de mesiánicos a más no poder. El 95% de los asistentes al BBK Live estaban allí por ellos, lo cual fue perfecto para aprovechar a husmear entre los puestos vacíos de camisetas y discos. Mucha balada, mucha canción lenta y mucha gente tirada por las campas. Al final cuando el público se animó, gritó y se levantó de su letargo fue casi al término del show con “Viva la vida”. Vamos, lo que se esperaba. Coldplay serían cabeza de cartel, los más esperados y lo más de lo más, pero la verdadera reina de la noche entró por la puerta de atrás relegada al escenario pequeño y se comió a todos. Por algo durante el concierto de Blondie en los laterales del escenario vimos a la cantante de Crystal Castles y a Liam Gallagher no perderse detalle de lo que hacía la maestra.

La primera noche terminó de un modo muy decepcionante. Lo que prometía ser una descarga de bombo y programaciones a cargo de Crystal Castles se convirtió en uno de los conciertos más surrealistas que he visto en mucho tiempo.

Diversos problemas desde la primera canción hicieron que la voz quedara anulada por la salida de altavoces así que veíamos a Alice Glass desgañitarse con el micro y bailar como una loca pero solo escuchábamos las bases pregrabadas. Era como estar viendo un concierto pero estar escuchando otra cosa por auriculares. Todo muy extraño.

Alice se tiraba al público, se dejaba manosear y el equipo de seguridad se volvía loco para recuperar el micrófono y poder depositar a la cantante sana y salva de nuevo en el escenario. Curiosamente una de las pocas veces que el micrófono funcionó fue cuando ella estaba en pleno baño de masas y un gañán se lo quitó para decir “¡qué buena estás!”. Estaremos en el siglo XXI, seremos muy tecnos y muy cibernéticos, pero la España de los Botejara sigue estando presente.

Además, tirarse una vez en plancha al público puede hacer gracia y hacer el típico comentario de "qué colgada" y todo eso, pero ya, cuando te tiras por cuarta vez ya uno se acuerda de Peter Gabriel y Bunbury y mira, ya no. Tirarse al público desde el escenario es algo muy manido, muy visto y muy poco elegante.

A pesar de los problemas técnicos que hicieron que el concierto de Crystal Castles fuera difícil de seguir, que la voz era prácticamente inexistente y que poco a poco fueron desapareciendo las luces del escenario y las pantallas laterales de video de apoyo y que un montón de técnicos se pasaran el show tirados en el suelo intentando arreglar el desaguisado sin conseguirlo, la gente despreocupada bailó como si no hubiera mañana. Muchos recuperaron coreografías del Neng de Castelfa y las ovejas del camino de vuelta a la civilización fliparon un año más con el ajetreo que había por sus dominios a las tantas de la madrugada.

Texto y fotografías: Alejandro Arteche.

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