Blue Rodeo arrasan en su gira española


Los canadienses triunfan por todo lo alto presentando en directo su duodécimo disco.





Cuando era pequeño, en el colegio leíamos la biblia. Es lo que tiene asistir a un colegio católico. Allí se contaban historias de ángeles vengadores, maldiciones, rayos que caían del cielo para petrificar a pecadores, plagas creadas para diezmar pueblos opresores… La juerga padre, vamos.

Lástima que el pasado sábado nada de eso apareciese en el concierto de los canadienses Blue Rodeo. Nadie te obliga a acudir a un concierto si no te gusta. Es más, tienes que pagar una entrada más o menos cara, aguantar empujones, calor… Si pasas todo el catálogo habitual de penurias paralelas a cualquier concierto en un club pequeño es porque el grupo al que vas a ir a ver te gusta. Entonces ¿por qué te pasas todo el concierto de espaldas y hablando a voz en grito con tu novio, marido o lo que sea?

Juro que recé, imploré, supliqué e incluso mentalmente ofrecí uno de mis riñones al mercado negro a cambio de que una plaga de lepra hiciera que a la pesada que tenía al lado se le cayera la lengua a trozos. Amigos, el híbrido entre mujer y loro existe y yo lo he sufrido en mis carnes.

¿Soy muy exquisito? Es posible. ¿Soy un amargado que no deja que los demás se diviertan a su manera? No digo que no. Pero cuando conseguí avanzar unas posiciones y dejar atrás a la cacatúa, descubrí que no estaba solo y que las miradas de enojo y reprobación al fondo eran numerosas cuando Blue Rodeo atacaba las baladas más intimistas o cuando su cantante Jim Cuddy intentaba hacerse entender para agradecer nuestra presencia en el concierto y decir no tener palabras por el trato y el recibimiento que había tenido el grupo en su visita española. No sabía que esta música gustaba tanto en este país, nos decía un asombrado Cuddy que venía de haber hecho lleno absoluto en un teatro de Madrid el día anterior.

Es cierto que el haber grabado un discazo como el doble “The things we left behind” (platino en ventas en Canadá) y que este tenga distribución nacional y pueda encontrarse en todas las tiendas, ayuda mucho. Pero también es cierto que en nuestro país hay un movimiento de seguidores de la música vaquera que sin muchos aspavientos ni parafernalia (sería absurdo pretender encontrarnos mareas de sombreros Stetson porque no viene a cuento) arrasan cada vez que viene un grupo de renombre a tocar.

Ya lo comprobé con gran sorpresa cuando sin tener sus trabajos editados en España, los Mavericks pusieron el cartel de “no hay entradas” en la sala Caracol en una fría noche de febrero de 1996 donde muchos nos aventuramos a cruzar medio país entre puertos bloqueados por la nieve. No sólo el local estaba lleno, sino que numerosos grupos esperaban en la puerta el milagro de una entrada no recogida o un reventa avispado que les permitiera acceder al interior.

El target de público de estos conciertos es muy variado en edad. Desde chavales jóvenes hasta matrimonios entrados en años a los que no es habitual verlos en otro tipo de conciertos si no se celebran en teatros, pero que cuando es country no dudan en aguantar empujones y agobios en clubs pequeños y calurosos. Ojo, y hablo de público especializado capaz de atreverse a pedir en los silencios su canción favorita y controlar las letras y cantarlas por lo bajo en muchas ocasiones.

Del disco nuevo de Blue Rodeo ya lo dijimos todo en su momento en este mismo espacio y el verlo ahora interpretado encima de un escenario no ha hecho más que corroborar nuestras palabras. Los canadienses se ganaron al público desde el minuto cero de su aparición en escena. Excelentes canciones y un cristalino sonido que hacía que el piano y la steel se te clavaran en el alma en las baladas y los medios tiempos, todo ejecutado con una belleza y una sensibilidad brutal y fuera de lo común.

El quinteto supo manejar los tiempos con grandiosa mano izquierda y nos llevaron durante todo el concierto por una montaña rusa de sensaciones que iban desde el puro grito en los momentos más rockeros al encogimiento del corazón en las piezas más delicadas.

Cuddy no paraba de agradecernos el haber ido a verles y nos aplaudía. Nosotros les aplaudíamos a ellos y aunque hubiésemos deseado un bis un poco más largo (bueno, habríamos deseado que no se bajaran de la tarima en toda la noche) salimos con un muy buen sabor de boca dispuestos a comernos la ciudad, que para eso era sábado por la noche.

Yo ya tengo reservado sitio en la agenda para su próxima visita.

Alejandro Arteche

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