Dylan goes to Hollywood






El fotógrafo Barry Feinstein había trabajado de ayudante en unos estudios cinematográficos a su llegada a Hollywood y en sus ratos libres tomaba fotos de la parte triste de la ciudad, de lo que queda oculto por el oropel y el cartón piedra de la ciudad que fabricaba sueños para la humanidad pero en la que muchos de sus habitantes vivían como una pesadilla.

Escaleras hacia la gloria apuntando al cielo hechas de materiales endebles que no conducen más que al vacío más profundo. Lápidas de atrezzo apiladas de mala manera en un callejón sucio esperando su próxima aparición en alguna película de bajo presupuesto como símil a los sueños de muchos aspirantes a actores, peluches abandonados en el jardín de la casa de Marilyn Monroe el día de su muerte, niñas matando el rato en interminables castings a los que son llevadas a la fuerza por sus madres, bares con letreros que avisan de la política de la empresa “maricones, fuera”, lágrimas de cocodrilo en funerales de famosos por críticos y compañeros que les despellejaron en vida, Rolls aparcados en la puerta de las oficinas de empleo o lujosas lámparas de araña para iluminar sucios garajes donde dormitan deportivos último modelo. Y como resumen de toda la falsa vida de Hollywood, su letrero. Las míticas letras clavadas en la colina que de lejos parecen esplendorosas y brillantes pero que, según el objetivo de la cámara de Feinstein se va acercando, descubrimos llenas de desconchones, parches, andamios y suciedad. Lo mismo que la falsa vida de cara a la galería de tantos de los residentes de la ciudad.

Barry Feinstein había realizado algunos retratos para Bob Dylan de los considerados históricos en la historia del cantante, los dos tenían amigos comunes como Albert Grossman –el manager de Dylan- y fue gracias a este que su relación se consolidó. Feinstein, como favor, cruzó todo el país para traerle un coche que se estaba reparando y por no hacer solo el viaje en carretera Dylan, que estaba en el despacho de Grossman, se ofreció a acompañarle. El trayecto se convirtió en el típico viaje iniciático de dos amigos por todo el país con paradas para empaparse de las culturas de la zona, desde carreras salvajes por carreteras desiertas a asambleas evangelistas con fieles en trance y el espectáculo de ir parando por pueblos perdidos con un coche de lujo y el consiguiente revuelo de los lugareños que jamás habían visto de cerca una máquina igual.

En 1964 con las fotografías que tenía tomadas del lado menos glamouroso de Hollywood, Barry Feinstein crea el proyecto “Fotorretórica de Hollywood” y le propone a su amigo Dylan que viaje a California para ver las fotos y escribir algo sobre ellas. De la colaboración entre ambos artistas saldrán veintitrés poemas. Bob Dylan, gran admirador de la obra de Feinstein a la que considera pareja a la de Robert Frank por su manera de tratar la desolación y tristeza, entendió a la primera lo que querían reflejar las imágenes que su amigo le enseñaba.

Mientras Feinstein seguía con su carrera de fotógrafo haciendo portadas para grupos de rock o cubriendo festivales, el proyecto Fotorretórica dormía el sueño de los justos en un cajón. La leyenda cuenta que estaban perdidas u olvidadas, pero el fotógrafo mantiene que siempre tuvo controlada la caja donde se guardaban los originales de las fotografías y los manuscritos de los poemas escritos por Dylan para ellas, que de vez en cuando las sacaba, las miraba y que hasta ahora no ha visto el momento idóneo para sacarlas a la luz.


El “momento” ha tardado lo suyo. Concretamente hasta 2008 que es cuando Feinstein se pone en contacto con Bob Dylan para decirle que va a publicar las fotografías con los poemas y le pide su autorización, la cual el cantante le da sin problemas aunque ya ni se acordase de haberlos escritos.

“Fotorretórica de Hollywood (los manuscritos perdidos)” se publica ahora en nuestro país con los textos del cantante en versión original y traducidos al castellano para poder apreciar la lírica de Dylan en todo su esplendor. Los textos y las imágenes hablan de tiempos ya pasados, de una edad de oro que, en la época en que son tomadas las fotografías, ya empezaba a oler a podrido y a tambalearse. El cuento de hadas llegaba a su fin y había demasiados esqueletos en los armarios del mundo de cartón piedra de la meca del cine, tan artificial y tan falsa. El mundo entero estaba sufriendo convulsiones, una era terminaba y el incierto y oscuro futuro estaba llamando a la puerta principal con ímpetu y ganas de entrar para arrasar con todo lo establecido. Al fin y al cabo Dylan ya lo había anunciado prediciendo que “los tiempos estaban cambiando”.

Alejandro Arteche

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1 comentarios

  1. Grandes fotos, blanco y negro, Hollywood... Este libro es una gran tentación.
    Muchas gracias por seguir adelante con Trepidación. Nos encanta seguirte y leer tus artículos y recomendaciones.

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